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21 mar 2012

La lluvia de los lunes

Hace cuatro o cinco lunes que me agarra la lluvia cuando menos la espero.
La lluvia tiene algo, ese no sé qué.

Acompaña el ánimo, lo tonifica, lo fortalece. Si estoy triste se confunde con mis lágrimas (I’m so cursi), si estoy con mi amado se hace muy romántica y sexy; en horarios laborales evita que moje mis zapatitos de cuero; prolonga mi estadía en el café de la esquina; logra que me meta en un shopping de la Recoleta con una bolsa de Coto en cada pie (sí, de Coto, si hubiera sido de Jumbo me hubieran mirado menos) para cubrir esos zapatitos que te dije; hace que me quede más tiempo en un babyshower; hace que me haga la copada en una reunión pedorra y arregle en salir a andar en bicicleta con un contador (¡ah! ¿Laburás en la DGI? ¿Eso es la Dirección General de Industrias? ¿no? Jajaja, qué tonta soy, oh, qué tonta soy).

En fin, en los últimos tiempos la lluvia hace cualquier cosa menos llegar cuando la espero con ganas. La esperé una tarde en el cemento porteño durante un “alerta naranja” mientras caminaba por Av. Corrientes y Callao, también cuando estaba mirando por décima vez “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos”, pero no hubo caso. Me dejó bajo un toldo por Riobamba y Marcelo T, en la entrada de un edificio, en un kiosco, en una bicicletería, en una panadería. Hasta que llegó este último lunes.

Mirando la lluvia después de la terapia.
Me agarró a la salida de la psicóloga. Salía del viejo y hermoso departamento en el que funciona el consultorio, medio llorosa, con el celular apagado, bajé las escaleras de mármol hasta la planta baja. Y no es joda, nunca tuve tantas ganas de mezclar mis lágrimas con la lluvia, además tenía puestas las ojotas. ¿Viste que dicen que la lluvia limpia el alma, el cuerpo, los autos con caca de paloma, etc.? Abrí la puerta de madera de cedro, salí, mujer valiente yo, o mujer pelotuda,  apenas si caminé 50 metros y un granizo del tamaño de un huevo de codorniz cayó sobre mi cabeza provocando un desmayo, caí en el piso unos segundos, los transeúntes pasaban y nadie osaba en ayudar a esta pobre samaritana que parecía una sirena dormida en la acera. Pobre yo, pobre de mí. Cuando recuperé la conciencia me levanté y mis ojotas inestables me hicieron resbalar. Otra vez a la acera, y nadie me ayudó, pobre yo. Lo peor fue que parece que al caerme me manché con algo que no olía nada bien … duré en el colectivo dos paradas porque todos los pasajeros, incluyendo el chofer, me arrojaron a la calle, pobre yo, tuve que caminar 30 cuadras hasta llegar a mi casa, soportando el viento y el bolso vacío (durante el desmayo alguien abrió mi bolso y se llevó mi netbook, mi celular y mi billetera). Terrible.

Bueno, mentí un poquito, solo abrí la puerta de cedro después de haber mirado un rato la tempestad. Salí y caminé un poco bajo lo que quedaba de lluvia, ¡una llovizna encantadora!, aunque no llegué a mezclar mis lágrimas porque ya no me quedaba ni una. 


(Esto de sentirme pobrecita por un rato está bueno, eh).

28 feb 2012

Todos quieren Ray Ban

Un hecho curioso: en noviembre del 2011 estaba caminando por Dorrego al 1700, en la ciudad de Buenos Aires. De repente llegó la nube negra con una lluvia desenfrenada, y no te miento, empezaron a caer anteojos Ray Ban del cielo. Rápido me metí en el bar de la esquina de la calle Cabrera. En un momento me imaginé que pequeñas naves espaciales los arrojaban desde el espacio, pero no creo, se trataría de una inversión irrisoria para una óptica con semejante reconocimiento internacional.

Ilusa de mí que pensaba a la lluvia como fenómeno climático de agua, de cenizas, de granizo o de sapos.


A los pocos días, tampoco te miento, estaba en el ferrocarril Mitre yendo hacia Retiro, y todos los viajantes tenían anteojos Ray Ban. Todos. Eran como el agente Smith archi-clonado. Me sentí como en la matrix, acorralada por entidades programadas. Podría haber pasado desapercibida si hubiera tenido puestos los míos, bah, los de mi tía, digamos que una vez los tomé prestado, modelo 1980 comprado en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia). ¿Comprado? Mmm ¿Habrá habido alguna lluvia de Ray Ban en la ciudad boliviana?
Lluvia de sapos en la peli Magnolia.

20 feb 2012

El problema del “me”

¿Viste esas personas que cuando te piden que hagas algo que no es para ellas, lo hacen como si fuera para ellas? Sí, insoportables, a eso yo lo llamo el problema del “me”.
Una ex compañera de algún viejo trabajo, Mora, le dice a Adultita: hacéme la nota así, con el interlineado en sencillo, tenés que seleccionar el texto, hacés click con el botón izquierdo del mouse, vas a párrafo, así, ¿ves que fácil? Hacémela para en 15. Adultita disimula, pero ya no se la banca. Esta vez, su Angelito Negador se hace el gil, entonces, aparece con todo, el Angelito Frontal, Adultita reacciona, “le” hace la notita y la llama: Mora, acá está la nota que te hice, bah no, que hice para nuestro jefe, es decir, todo lo que me pedís que haga para vos, no es para vos, es para él ¿qué problema tenés, estimada Mora, que todo lo que pedís lo hacés como si fuera para vos? Yo creo que deberías repensar qué querés que te hagan a vos. Digo, tal vez deberías estudiar, o adquirir algún oficio o profesión, y llegar a la categoría de jefe para que personas como vos y yo puedan hacerte las cosas ¿no? Si me dijeras que sos la dueña de Rodolfo (el kiosco de la esquina) y yo soy tu empleada, okey, pedime con "me" todo lo que quieras y en todas las entonaciones posibles, abriendo la boca de a poco, haciendo que la “e” tarde en salir, o imitando a una oveja “mee meee meee”, y me lo remarcás en la cara hasta el hartazgo como diciéndome “Por el poder de Greiscol, ya tengo el poder”, mirá que me convierto en Skeletor y sonamos. Por ende, por favor, desde ahora, suprimí el “me” cuando te dirijas a mi persona, gracias.

Como era de esperar, Mora quedó bastante ofuscada, pobre, evitó pronunciar el “me” por unos días. Pero la situación comenzó a tornarse incómoda, ya casi no se hablaban, así que, nuestra heroína decidió tomar la posta otra vez:

A: Mora, disculpame por mi reacción del otro día, me puse un poco filosa, no sé por qué, andaba en un mal día seguramente, podés decirme todos los “me” que se te antojen.
M: ¿Si? Me pone contenta lo que decís, extrañaba la normalidad.

¿Normalidad? ¿Qué quiso decir? Enseguida Mora le dijo: Ay, plis, necesitamos algo urgente, que vayas hasta Reconquista a buscar un pebete completo con un agua gasificada, hace 10 que hicimos el pedido.

¡Eh! “Necesitamos”,  “hicimos”, ¡nena!  ¿te chifla? ¡Vos no necesitás nada urgente y vos hiciste el pedido porque te lo pidió tu jefe! Mora, sufre “delirio de jefe”, si antes jugaba a ser la jefa con sus “me” inauditos, ahora jugaba a ser la jefa mayor, la socia, la esposa, la que sé yo cuanto. Sí, Mora jugaba como una niña, y se lo creía en serio. En cambio, pobre Adultita, aquella vez no pudo jugar a nada, fue una época turbia en su vida en la que se insertó en la furibunda realidad de las relaciones jerárquicas laborales. Lo peor fue la humillación oficinesca, de muy baja originalidad, anduvo circulando un mail algo macabro, y entonces Adultita fue tildada de “noco” (ni siquiera de “malco”).

En su nuevo trabajo, su suerte no cambió, nueva compañera, nueva “delirio de jefe”. Esta vez, con un poco de sabiduría (Adultita andaba paseando por el barrio chino los fines de semana, haciéndose masajes en lo de un chino de la calle Mendoza), decidió jugar a ser jefa, ama y esclava: adornó su escritorio con el gatito de la suerte y con un cartel dibujado a mano que decía en chino mandarín: “A vos no te hago nada, pelotuda”. 

13 feb 2012

Fui ella

Salgo de la casa de mis padres en el barrio de Floresta. Camino por Av. Rivadavia, voy hacia la parada del 8 para que me lleve a Monserrat. Llevo puesta una pollera muy acampanada, verde claro, de tela liviana, livianísima. El día está algo ventoso, de esos que hacen que te aprisiones al volante cuando manejás en quinta por la Panamericana. Llego a la esquina, me detengo, un auto está por pasar, atrás mío hay un hombre hablando con su celular, en la vereda de enfrente hay otro que viene tomando una cola cola. El auto pasa, estoy por cruzar, ya estoy cruzando, el hombre del celular camina atrás mío, el de la coca cola pasa a mi derecha, y mi pollera -en el día de viento- deja mi culo al aire … ¡Sí, mi culo a la intemperie por unos segundos y mi maldita manía de ir por la vida con las manos ocupadas! Con la frente bien alta, intentando parecerme a ELLA, casi les digo a los dos señoritos: “gracias por mirarlo así”.
¿Sabés qué? Fui ella, esa modelo con vestido color blanco (o marfil) que venía a irrumpir en la vida de un vecino padre de familia. Lamentablemente, los momentos elevados duran poco, enseguida me tragó el ventilete del subte neoyorquino y caí acalorada en el oeste porteño con mi tujes disfrazado con una bombacha vedetina estilo pañal (como la de ELLA, pero ELLA era ELLA). Así, la luz se fue diluyendo en una cuadra de caminata que me produjo una borrachera sin alcohol, con risas desequilibradas y un pie entero metido en una zanja con agua podrida.
Hoy me puse una pseudo-tanga negra, je.
Marilyn Monroe en The seven year itch.

9 feb 2012

El diminutivo

Miércoles primaveral, año, mmm, 2005, estaba en un after office ¿así se dice? (mi angelito me dice, si si, no te hagas la pelotuda, vos sabés bien cómo se dice … bueno, ok, tenés razón, sé cómo se dice, he recorrido un par de after office en alguna época de mi vida), venía diciendo: un día estaba en un AFFTEUR OFFFFISSSSS en un boliche de Puerto Madero -Opera Bay- que creo ya no existe, tomando algún trago quizá, indumentaria sencilla para la ocasión (nada de volver a mi casa y ponerme los tacos), charlando a las risas con mi gran amiga Naty, porque claro, nuestro fuerte era ir y reírse de los aparatejos que íbamos descubriendo (éramos re piyas), hasta que en un momento llegó la luz … si …

la luna llena iluminando el Río de la Plata, y las luces artificiales iluminando todos nuestros cuerpos deseosos de diversión, amor, y de un buen baño para algunos, cuando me expresé con todo mi ser “sabés qué Naty, amo ser así, estar así, en esta época de mi vida, que ya no somos lo que se dice adolescentes, estamos pasando a la etapa de la responsabilidad, en cierta medida, placentera, ¿no? Podemos decir que ya somos adultitas”. Terminé de decir la última palabra cuando Naty y yo pegamos nuestras miradas y enseguida soltamos una carcajada que se hizo risa única sin nadie alrededor: el chiste, o el problema, estaba en el diminutivo. Esa palabra se transformaría en una suerte de guía para andar. Yo, bicho de diván lacaniano, mi amiga, psicóloga con formación lacaniana, ambas sabíamos que una palabra no se pudo pronunciar y que hasta el día de hoy sería impronunciable. He aquí, este blog.