Miércoles primaveral, año, mmm, 2005, estaba en un after office ¿así se dice? (mi angelito me dice, si si, no te hagas la pelotuda, vos sabés bien cómo se dice … bueno, ok, tenés razón, sé cómo se dice, he recorrido un par de after office en alguna época de mi vida), venía diciendo: un día estaba en un AFFTEUR OFFFFISSSSS en un boliche de Puerto Madero -Opera Bay- que creo ya no existe, tomando algún trago quizá, indumentaria sencilla para la ocasión (nada de volver a mi casa y ponerme los tacos), charlando a las risas con mi gran amiga Naty, porque claro, nuestro fuerte era ir y reírse de los aparatejos que íbamos descubriendo (éramos re piyas), hasta que en un momento llegó la luz … si …
la luna llena iluminando el Río de la Plata , y las luces artificiales iluminando todos nuestros cuerpos deseosos de diversión, amor, y de un buen baño para algunos, cuando me expresé con todo mi ser “sabés qué Naty, amo ser así, estar así, en esta época de mi vida, que ya no somos lo que se dice adolescentes, estamos pasando a la etapa de la responsabilidad, en cierta medida, placentera, ¿no? Podemos decir que ya somos adultitas”. Terminé de decir la última palabra cuando Naty y yo pegamos nuestras miradas y enseguida soltamos una carcajada que se hizo risa única sin nadie alrededor: el chiste, o el problema, estaba en el diminutivo. Esa palabra se transformaría en una suerte de guía para andar. Yo, bicho de diván lacaniano, mi amiga, psicóloga con formación lacaniana, ambas sabíamos que una palabra no se pudo pronunciar y que hasta el día de hoy sería impronunciable. He aquí, este blog.

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