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2 mar 2012

Día de quinta

Niñitos jugando felices en su Jump-o-Lene.
Me tocó pasar un verano sin viajes, así es, no tuve la suerte de la Adultita que se fue al Valle de la Luna y al Parque Nacional Talampaya. Con los alertas naranjas que hubo, imagináte, quedé chamuscada como la vieja de Loco por Mary. Toda la ropa estropeada por el ácido transpireico, ensaladas, botellitas de agua, oloretes para elegir, en fin. Después de casi tres meses de cemento, unos amigos me invitaron a su quinta. La alegría que sentí no te la puedo explicar.

Llevé pantalla solar 60 porque estoy más blanca que teta de monja, anteojos Ray Ban de esos que comprás en el kiosco de la esquina de tu casa, unos snacks y dos cervezas.

La quinta estuvo buena, bah, no sé, había como siete niñitos inocentes divirtiéndose, haciendo sus gracias, y claro, casi todos los presentes los festejaban, está bien, hay que ser gentil con los niñitos. Piscina calentita (por suerte controlaban efínteres) y lleno de flota flota y pistolitas de agua. Mis cervezas, las únicas que había, apenas si tomé un trago, en un descuido un niñito se tomó todo mi vaso y después terminó vomitando en las escaleras de la pileta. La madre: Bueno bueno, no pasó nada, ya pasó Toto, cuando quieras tomar algo pedile a mamá que te sirva … (cantando y guiñando el ojo a todos) a tirar a tirar la cerveza hay que tirar. Luego de ese episodio, los otros seis niñitos no quisieron meterse en la piscina (era entendible, el pipi es más soportable), entonces mi amigo infló una piletita y un “jump o lene” (una especie de salta-salta estilo pelotero), parecía muy divertido. Metí un pie … se escuchó un grito: Nooo, soporta hasta 35 kilos. Hacia el final de la tarde divisé una hamaca colorada que colgaba de un árbol, espectacular imagen, allá fui, nadie me pudo frenar, me senté y me balanceé mirando hacia la copa de los árboles, lástima que la segunda vez que fui para atrás escuché a mi amigo que gritó “cuidado” y como si fuera a propósito la hamaca cayó al piso. Es para chicos, ¿no te diste cuenta? 
No Cerveza. No pileta. No Jump-o-Lene. No hamaca. Reposeras, dos; sillas, seis; sillitas infantiles, unas quince. Ma sí, me tiré en el césped y sin querer destrocé un hormiguero de hormigas coloradas. Estos bichos fueron muy crueles.

Adios Jump-o-Lene.
Lumbalgia + 55 picaduras = una semana sin poder moverme = 4 ventas perdidas que hubieran alcanzado para un finde en Mar de Ajó. Al poco tiempo me volvieron a invitar. ¡Si! ¡Quinta otra vez! Vos no hubieras ido, ¿no? ¡Pos yo si! Me atreví a ir a esa quinta enemiga de adultitos como una. Esta vez fui sin cervezas, pero con un alfiler de gancho en el bolsillo de mis bermudas. A pinchar a pinchar, el salta-salta hay que pinchar
….
(Adultita, la justiciera).

9 feb 2012

El diminutivo

Miércoles primaveral, año, mmm, 2005, estaba en un after office ¿así se dice? (mi angelito me dice, si si, no te hagas la pelotuda, vos sabés bien cómo se dice … bueno, ok, tenés razón, sé cómo se dice, he recorrido un par de after office en alguna época de mi vida), venía diciendo: un día estaba en un AFFTEUR OFFFFISSSSS en un boliche de Puerto Madero -Opera Bay- que creo ya no existe, tomando algún trago quizá, indumentaria sencilla para la ocasión (nada de volver a mi casa y ponerme los tacos), charlando a las risas con mi gran amiga Naty, porque claro, nuestro fuerte era ir y reírse de los aparatejos que íbamos descubriendo (éramos re piyas), hasta que en un momento llegó la luz … si …

la luna llena iluminando el Río de la Plata, y las luces artificiales iluminando todos nuestros cuerpos deseosos de diversión, amor, y de un buen baño para algunos, cuando me expresé con todo mi ser “sabés qué Naty, amo ser así, estar así, en esta época de mi vida, que ya no somos lo que se dice adolescentes, estamos pasando a la etapa de la responsabilidad, en cierta medida, placentera, ¿no? Podemos decir que ya somos adultitas”. Terminé de decir la última palabra cuando Naty y yo pegamos nuestras miradas y enseguida soltamos una carcajada que se hizo risa única sin nadie alrededor: el chiste, o el problema, estaba en el diminutivo. Esa palabra se transformaría en una suerte de guía para andar. Yo, bicho de diván lacaniano, mi amiga, psicóloga con formación lacaniana, ambas sabíamos que una palabra no se pudo pronunciar y que hasta el día de hoy sería impronunciable. He aquí, este blog.