Hace cuatro o cinco lunes que me agarra la lluvia cuando menos la espero.
La lluvia tiene algo, ese no sé qué.
Acompaña el ánimo, lo tonifica, lo fortalece. Si estoy triste se confunde con mis lágrimas (I’m so cursi), si estoy con mi amado se hace muy romántica y sexy; en horarios laborales evita que moje mis zapatitos de cuero; prolonga mi estadía en el café de la esquina; logra que me meta en un shopping de la Recoleta con una bolsa de Coto en cada pie (sí, de Coto, si hubiera sido de Jumbo me hubieran mirado menos) para cubrir esos zapatitos que te dije; hace que me quede más tiempo en un babyshower; hace que me haga la copada en una reunión pedorra y arregle en salir a andar en bicicleta con un contador (¡ah! ¿Laburás en la DGI? ¿Eso es la Dirección General de Industrias? ¿no? Jajaja, qué tonta soy, oh, qué tonta soy).
En fin, en los últimos tiempos la lluvia hace cualquier cosa menos llegar cuando la espero con ganas. La esperé una tarde en el cemento porteño durante un “alerta naranja” mientras caminaba por Av. Corrientes y Callao, también cuando estaba mirando por décima vez “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos”, pero no hubo caso. Me dejó bajo un toldo por Riobamba y Marcelo T, en la entrada de un edificio, en un kiosco, en una bicicletería, en una panadería. Hasta que llegó este último lunes.
| Mirando la lluvia después de la terapia. |
Me agarró a la salida de la psicóloga. Salía del viejo y hermoso departamento en el que funciona el consultorio, medio llorosa, con el celular apagado, bajé las escaleras de mármol hasta la planta baja. Y no es joda, nunca tuve tantas ganas de mezclar mis lágrimas con la lluvia, además tenía puestas las ojotas. ¿Viste que dicen que la lluvia limpia el alma, el cuerpo, los autos con caca de paloma, etc.? Abrí la puerta de madera de cedro, salí, mujer valiente yo, o mujer pelotuda, apenas si caminé 50 metros y un granizo del tamaño de un huevo de codorniz cayó sobre mi cabeza provocando un desmayo, caí en el piso unos segundos, los transeúntes pasaban y nadie osaba en ayudar a esta pobre samaritana que parecía una sirena dormida en la acera. Pobre yo, pobre de mí. Cuando recuperé la conciencia me levanté y mis ojotas inestables me hicieron resbalar. Otra vez a la acera, y nadie me ayudó, pobre yo. Lo peor fue que parece que al caerme me manché con algo que no olía nada bien … duré en el colectivo dos paradas porque todos los pasajeros, incluyendo el chofer, me arrojaron a la calle, pobre yo, tuve que caminar 30 cuadras hasta llegar a mi casa, soportando el viento y el bolso vacío (durante el desmayo alguien abrió mi bolso y se llevó mi netbook, mi celular y mi billetera). Terrible.
Bueno, mentí un poquito, solo abrí la puerta de cedro después de haber mirado un rato la tempestad. Salí y caminé un poco bajo lo que quedaba de lluvia, ¡una llovizna encantadora!, aunque no llegué a mezclar mis lágrimas porque ya no me quedaba ni una.
(Esto de sentirme pobrecita por un rato está bueno, eh).
(Esto de sentirme pobrecita por un rato está bueno, eh).
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